Nos movemos de nuevo. El tren se ha detenido algunos minutos y en ese intervalo de tiempo, expandido y silencioso, ha pasado un cometa de luces amarillentas justo al lado de mi ventanilla. Está amaneciendo. A un lado, el monstruo, la gran urbe, con sus dos torres-antenas inclinadas y un ojo luminoso en cada una de ellas; al otro el alba, la franja verde-naranja-malva sobre la que se dibujan a contraluz torretas-gigantes, gruas-esqueleto y cables-telaraña.Hay poca gente esta mañana en la estación de Fuencarral. A medida que amanece los intestinos del monstruo se transforman en hileras de trenes aparcados con el caparazón lleno de graffitis y sus dientes de sierra se despiertan en una sucesión geométrica de hangares. Pasan de nuevo a mi lado nuevos trenes centelleantes con otras gentes, somnolientas y soñadoras, en su interior.
Chamartín y sus andenes por los que caminan, envueltos en luces de miel y sombras polvorientas, los fantasmas de la mañana, sorteando columnas de hierro decimonónicas y mirando con ojos legañosos los relojes-casablanca cuyas manecillas parecen haberse detenido. Algunos suben al tren; otros se apean abandonados a la respiración sofocada de la mañana. Una voz en eco repite a intervalos un poema posmoderno sin estrofa ni rima: «Atocha, vía cuatro. Atocha vía cuatro».