Sahagún

Sahagún se despertó animado esta mañana de miércoles. La plaza mayor bullía. La gente, mezcla de turistas y de parroquianos, transitaban el lugar o se sentaban en las terrazas. Las miradas de los viajeros y de los que estaban de paso, se mezclaban con las de los que, religiosamente, llevaban a cabo sus quehaceres y rutinas: ir al mercado, charlar con una vecina, recostarse sobre el mostrador de un bar para tomar un vino o fumar un cigarrillo…Y no sólo se mezclaba la gente. También los graffitis se mezclaban con los carteles que anunciaban corridas de toros y las pintadas con los anuncios de vodeviles o jornadas culturales que no iban más allá de una misa o una chocolatada. 
Manuela nos invitó a comer en un restaurante de la plaza: puerros y lechazo. El comedor estaba en el sótano y a Manuela, como no había ascensor, la subieron y bajaron en el montacargas donde trasportaban las comidas. Y allí, de nuevo el mestizaje de universos diferentes: el de los grupos de obreros gordos, desmadejados, vocinglones, con camisetas, playeras y palillos en la boca que daban cuenta del plato del día -potajes y filetes con patatas fritas -y el de los turistas que hablaban en francés y se deleitaban con las especialidades de la casa, recomendación encarecida de su libro-guía turística. Al terminar y salir de nuevo a la calle el azul intenso de los cielos y las nubes que envolvían la torre mudéjar de la iglesia de San Tirso nos sorprendió inermes.
Llegamos a Grajal de Campos a la hora de la siesta. El sol aplastaba las casitas contra la tierra y tan sólo después de un rato apareció un grupo de adolescentes subidos en sus bicicletas que con sus risa y peleas. Se apearon, las aparcaron en el suelo y se sentaron en uno de los bancos. Sólo estuvieron unos minutos parados. Enseguida volvieron a subirse a ellas  y salieron en tropel dando pedales con furia.  Manuela fue poco a poco cumpliendo su ritual de visitas a primas y amigas. Manolita hija de Antoliana y de Dionisio, un botarate. Juanita hija de Liberio. Maruja hija de Juan, el que estuvo escondido. Esta última no estaba en el pueblo. Pero el que sí apareció fue su marido Ruperto: encorvado, destartalado, con los pelos alborotados y las manos constrenidas. Un verdadero cromo. Recordó tiempos lejanos cuando como Manuela vivian en el barrio de Alhucemas cerca de la estación de ferrocarril. Su castellano era antiguo lleno de trajons y  dijons y chiguitas y telares. Antes de regresar entramos al Palacio. Algún progreso pequeño han hecho en su reconstrucción. Poco se puede hacer sin dinero y mucho se ha hecho desde las primeras veces que lo visitamos y que era casi una ruina. Ahora el corredor que da a la plaza esta rehabilitado y desde ahí uno se puede asomar y disfrutar de la vista que se abre a lo lejos a los campos y a los palomares. El patio me sigue enamorando como también me enamoran los reflejos del sol sobre la balaustrada de piedra de la escalera cuando llega la hora del atardecer y la vida se queda en suspenso.
Scroll al inicio