Angelica Liddell: Belleza y Dolor

Entrar en el mundo de Ángelica Lidell es traspasar las líneas de lo racional y bucear en el paraje de las emociones más desatadas. Hablar del dolor siempre es devastador pero escenificarlo abriéndose las carnes es abocarte al espasmo. Cuando la ves deslizar una cuchilla por el brazo mientras mana de su brazo un caudal de sangre te sientes golpeado y tu mirada forcejea con la angustia y el deseo irrefrenable de salir corriendo. Es la misma provocación del Perro Andaluz cuando ves pasar la navaja por el iris del ojo mientras unas nubes atraviesan la luna. La rechazas y enseguida deseas apartar la mirada de allí. Pero permaneces inmóvil porque en el fondo sabes que  crueldad y belleza, violencia y poesía van siempre unidas de forma inseparable. No es fácil asumir la idea de la amputación, del dolor, y en definitiva de la muerte pero al sentir que al lado de ello existe la posibilidad de descubrir la belleza y emocionarnos con ella permanecemos apegados a ese espacio de estupefacción y recóndito silencio.

«He trabajado con la indignación frente a la injusticia, pero hay un momento en el que empiezas a desconfiar de lo que te rodea. Te aíslas. La gran consecuencia de la desconfianza es perder el vínculo con la idea colectiva. Unamuno hablaba de que somos carne y hueso en contraposición a la humanidad. No creía en los grandes compromisos. En ese proceso estoy. No en hacer compatibles intereses particulares con los universales. Hay un desgarro. Desconfías del hombre y crees que no puede existir nada, ningún orden capaz de controlar su mezquindad.

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