Recuperar una sensación de poder
La ira es como un combustible. La sentimos y queremos hacer algo. Pegar a
alguien, romper algo cantarle las cuarenta a
esos malditos.
Pero como somos buena gente lo que hacemos con nuestra ira es
comérnosla, negarla, enterrarla, bloquearla, esconderla, medicarla,
acallarla, no hacerle caso. Hacemos de todo menos escucharla.
A la ira hay que escucharla. La ira es una voz, un grito, un ruego, una exigencia. A
la ira hay que respetarla. ¿Por qué? Porque la ira es un mapa. La ira nos muestra dónde
están nuestros límites. Nos marca adónde queremos ir. Nos permite ver dónde hemos
estado y nos hace saber cuándo no nos ha gustado. La ira señala el camino, no sólo lo hace
el dedo. En la rehabilitación de un artista bloqueado, la ira es una señal de salud.
Hay que actuar a partir de la ira. Lo que no hay que hacer es dejar que actúe a través
de nosotros. La ira señala la dirección. Se trata de usarla como combustible para emprender
las acciones que debemos llevar a cabo y trasladarnos a donde ella nos dirige. Si pensamos
un poco, podemos ser capaces de traducir el mensaje que nos está enviando.
«¡Maldito sea! ¡Yo podría hacer una película mejor que ésa!». Esta
ira dice: quieres hacer películas. Necesitas aprender a hacerlas.
«¡No me lo puedo creer! Tuve esa misma idea para una obra de teatro hace tres años
y va ella y la escribe». Esta ira dice: deja de aplazar las cosas. Las ideas no consiguen
noches de estreno. Las obras terminadas, sí. Ponte a escribir.
«Esa estrategia que está utilizando es mía. ¡Es increíble! ¡Me la ha robado! Debería
haber juntado el material y haberlo registrado». Esta ira dice: es hora de que te tomes en
serio tus propias ideas y de que las trates bien.
Cuando sentimos ira muchas veces nos pone furiosos el hecho de estar sintiendo ira.
¡¡Maldita ira!! Nos está diciendo que ya no nos podemos permitir nuestra antigua vida. Nos
dice que la antigua vida se muere. Nos dice que estamos renaciendo y que el parto duele. El
sufrimiento nos provoca ira.
La ira es la tormenta de fuego que señala la muerte de nuestra antigua vida. La ira es
el combustible que nos impulsa a nuestra nueva vida. La ira es una herramienta, no una
figura que nos domina. La ira sirve para ser canalizada y utilizada. Bien usada la ira es muy
útil.
La pereza, la apatía y la desesperación son los enemigos. La ira no lo es. La ira es
nuestra amiga. No es una amiga agradable. No es una amiga dulce. Pero es muy, muy leal.
Siempre nos indicará cuándo hemos sido traicionados. Nos dirá cuándo nos hemos
traicionado a nosotros mismos. Siempre nos alertará de que es hora de actuar por nuestro
propio interés.
La ira no es la acción en sí misma. Es una invitación a la acción.
SINCRONÍA
Las oraciones que obtienen respuesta dan miedo. Implican responsabilidad. Tú lo
pediste. Ahora que lo tienes, ¿qué vas a hacer? ¿Por qué si no se ha acuñado la frase
«cuidado con los sueños que pueden hacerse realidad»? Las plegarias con respuesta ponen
la pelota en nuestro tejado, y esto no resulta cómodo
Una mujer admite que en secreto sueña con ser actriz. Al día siguiente durante una
cena le toca sentarse junto a un hombre que da clase a primerizos en una escuela de
interpretación.
«Cuando un hombre da un paso hacia Dios Dios da más pasos hacia ese hombre que arenas
hay en el tiempo».
EL MERKABA«El universo te recompensará por asumir riesgos en su nombre».
SHAKTI GAWAIN
Según mi experiencia tenemos mucho más miedo de que exista Dios del que
tenemos de que no exista. Nos suceden cosas como las descritas arriba, pero las
despreciamos como meras coincidencias. La gente habla de lo espantoso que sería que no
existiera Dios. A mí me parece que eso son tonterías. La mayoría de nosotros estamos
mucho más cómodos con la sensación de que no se nos observa muy de cerca
Si Dios —una palabra con la que no me refiero necesariamente a un concepto
cristiano unitario, sino a una fuerza todopoderosa y omnisciente— no existe, entonces
estamos liberados de responsabilidades, ¿no? No existe el castigo divino, ni el consuelo
divino. Y si toda la experiencia resulta una porquería… pues, bueno, ¿qué esperabas?
Esa pregunta de las expectativas me interesa. Si Dios no existe, o si a ese Dios no le
interesan nuestros pequeños y tontos dramas, entonces todo se puede ir desarrollando como
siempre y podemos tener justificaciones al declarar que ciertas cosas son imposibles y otras
injustas. Si Dios, o la falta de Dios, son responsables del estado del mundo, entonces
podemos abandonarnos al cinismo y resignarnos a la apatía. ¿De qué sirve la nada? ¿Por
qué intentar cambiar las cosas?
Si hay una fuerza creativa que responde y nos escucha y actúa en
nuestro favor, entonces podremos hacer algunas cosas de verdad. El juego ha terminado, en
resumidas cuentas: Dios sabe que el límite es el cielo
la posibilidad asusta mucho más que la imposibilidad, que la libertad es más aterradora que
cualquier prisión. Si en efecto tenemos que lidiar con una fuerza más allá de nosotros, que
se inmiscuye en nuestra vida, entonces tal vez tengamos que poner en marcha acciones para
lograr esos sueños que antes parecían imposibles.
«Pide y recibirás. Llama a la puerta y se abrirá ante ti…». Estas palabras se cuentan
entre las más incómodas de las atribuidas a Jesucristo. Sugieren la posibilidad de un
método científico: pide (experimenta) y mira a ver qué pasa (registra los resultados).
«¿Han observado alguna vez a quiénes les ocurren las casualidades? El azar favorece sólo a
las mentes preparadas».
LOUIS PASTEUR
¿Acaso sorprende que pasemos por alto las oraciones? Lo llamamos
coincidencia. Lo llamamos suerte. Lo llamamos de cualquier manera menos lo que es: la
mano de Dios o el bien activados por nuestra mano cuando actuamos en nombre de
nuestros sueños más sinceros, cuando nos comprometemos con nuestra alma.
En las vidas extraordinarias momentos como éstos aparecen en bajorrelieve y
sobresalen como el Monte Rush more: Lewis y Clark camino del Oeste. Isak Dinesen
rumbo a África. Todos tenemos nuestras Áfricas, esas ideas oscuras y románticas que
apelan a lo más profundo de nuestro ser. Cuando respondemos a esa llamada, cuando nos
comprometemos con ella, ponemos en marcha el principio al que Carl Gustav Jung llamó
sincronía, definido más o menos como una mezcla fortuita de acontecimientos. Allá por los
años sesenta lo llamábamos serendipia. Lo llames como lo llames, una vez que empieces tu
rehabilitación creativa, puede que te asombre verlo surgir por todas partes.
Aunque el artículo de Jung sobre la sincronía es una piedra de toque de su
pensamiento, incluso muchos jungianos prefieren creer que era una especie de tema lateral.
Lo desprecian, al igual que su interés en el I Ching, como si fuera una rareza, algo que no
hay que tomar en serio
Puede que el propio Jung discrepara de ellos. El seguir sus propias directrices
interiores lo llevó a experimentar y describir un fenómeno que muchos preferimos ignorar:
la posibilidad de un universo inteligente y dispuesto a ofrecer respuestas, que actúa y
reacciona en nuestro propio interés.
«El azar es poderoso. Deja siempre el cebo echado: en el estanque donde menos te lo
esperas habrá un pez».
OVIDIO En mi experiencia las cosas son precisamente así. He aprendido, como
norma general, a no preguntarme nunca si puedo hacer algo. Lo que hay que decir es que
vas a hacerlo. Luego abróchate el cinturón. Las cosas más extraordinarias suceden a
continuación.
Puede que el propio Jung discrepara de ellos. El seguir sus propias directrices
interiores lo llevó a experimentar y describir un fenómeno que muchos preferimos ignorar:
la posibilidad de un universo inteligente y dispuesto a ofrecer respuestas, que actúa y
reacciona en nuestro propio interés.
«El azar es poderoso. Deja siempre el cebo echado: en el estanque donde menos te lo
esperas habrá un pez».
OVIDIO En mi experiencia las cosas son precisamente así. He aprendido, como
norma general, a no preguntarme nunca si puedo hacer algo. Lo que hay que decir es que
vas a hacerlo. Luego abróchate el cinturón. Las cosas más extraordinarias suceden a
continuación.