Al son de la dulzaina, el bombo y el tambor la primavera balancea su plateado vientre. Los labradores ya no están, duermen. Lejanos parecen sus días e incomprensibles sus quehaceres. San Isidro, su patrón, es llevado a hombros a través del erial por los devotos. El santo es un imagen raquítica tallada en madera con báculo de lengua de mariposa y gorro de papel, un icono infantil que un día suplantó a los verdaderos dioses, aquellos que reinaron cuando los hombres eran naturaleza y aún no existía el miedo. Las letanías y los crucifijos les desterraron de aquel lugar de leyenda llamado «El Jotón». Allí habitaban y en él dicen que hubo en su día un altar, un monolito de piedra profano donde los hombres celebraban la vida comiendo y bebiendo, brindando por la abundancia de sus cosechas y la fertilidad de sus ganados y de sus mujeres. «El Jotón» fue un lugar imaginado, una pradera verde rodeada de chopos tiernos donde las musas bailaban desnudas con los guerreros al son de la melodía que Pan estraía de su dorada flauta.
Eolo bramaba iracundo agitando con fuerza los pendones y Tlaloc, el dios de la lluvia, se arrojaba inerte sobre las cabezas de los danzantes que huían despavoridos en busca de cobijo debajo de loa árboles. Gotas de agua que caen sobre la tierra, gotas de música que la fecundan. Su enfado es secular y siglos de olvido no consiguen apagar su enfado. Reaparecen iracundos para recordar a los hombres que nunca perdonarán su sumisión a las estatuas.
Eolo bramaba iracundo agitando con fuerza los pendones y Tlaloc, el dios de la lluvia, se arrojaba inerte sobre las cabezas de los danzantes que huían despavoridos en busca de cobijo debajo de loa árboles. Gotas de agua que caen sobre la tierra, gotas de música que la fecundan. Su enfado es secular y siglos de olvido no consiguen apagar su enfado. Reaparecen iracundos para recordar a los hombres que nunca perdonarán su sumisión a las estatuas.