El Reino de Sobrepeña: El Ciclo de las Estaciones


“…Las estaciones se suceden y se repiten una y otra vez en el Reino. Nunca nadie en él, ni ni el más insensato, pudo alguna vez detener su rueda imparable. Las primaveras vuelven y con ellas todo retorna al lugar de partida: los árboles se visten de comuniones y los prados verdes regalan a las mozas su ramo en la noche de San Pedro.
Pronto muy pronto, casi sin haber amanecido las casas se despiertan y las luces de las cocinas se iluminan. Ya es hora de salir con la pareja hacia las huertas a segar el trigo o llevarlo a la era para aventarlo o trillarlo. Hay que aprovechar el frescor de la mañana y la humedad del rocío para entrar en el corral y dar de comer a los animales, barrer la calle con el escobón, hacer las labores de la casa, amasar la harina o preparar el cocido. Apenas despuntan los primeros resplandores detrás de las lomas ya se puede ver la procesión de hombres que como un enjambre de luciérnagas se encamina por la senda hacia la mina. Otros se apresuran por la cuesta para coger el primer tren que los lleva a Boñar a servir en alguna casa o despachar género en algún comercio o, si es día de mercado, la muchacha bajará adormilada a lomos del borriquillo para vender los huevos y la leche.
Un Reino con sus fiestas y sus días de labor. San Tirso, el santo patrón protector de Sobrepeña, es también el abogado de los miembros y sale a primeros de septiembre de su hornacina llevado en andas a través de las calles del pueblo por sus gentes endomingadas mientras las campanas repican jubilosas inundando todos los rincones. Entre ruidos de cohetes y cánticos desafinados los portadores ascienden y descienden por las calles empinadas balanceándolo de allá para acá mientras el santo comprueba sonriente, mirando a un lado y a otro, quiénes han venido y quiénes ya no están o si esta casa o la otra sigue estando aún en pie. Por la tarde Brea y sus músicos tocarán, algún pasodoble, alguna rumba o quizás algún swing al estilo moderno y los mozos se acercarán a las mozas y estas querrán que las saquen a bailar o bailaran sino entre ellas que para esto del baile los hombres son muy “paraos”…”
Extraido de la carta de Hakon Haugaard a Adamina Rodríguez, Buenos Aires, 13-02-1969
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