Joserra en el País de las Maravillas

Canta igual que vive y actúa igual que suda. Tiene un equipaje ligero: tan ligero que en él solo caben la locura y la imaginación. Y una guitarra que cuelga a la espalda y que es, en realidad, su columna vertebral, la que sustenta su sueño de artista, su esqueleto burlón. Para vivir solo necesita eso ya que el camino se hace andando, sin pesos ni ataduras y la vida, vista así, no entiende de nudos y correas. Ir un poco más allá, arriesgarse a cruzar la norma, hacer lo que quizás no debería hacer pero que al hacerlo provoca la explosión, la escapada hacia el delirio y el juego. Ese estado placentero de libertad que, a veces, habita lejos y que al tocarlo comienza a sangrar a borbotones como una herida abierta. Provocar. Transgredir. Amar. Sonreir. Esas son sus reglas, sus rebeldías. Joserra actúa, inventa su propia realidad, imagina que todo a su alrededor es como lo dibuja. Aunque a lo mejor no lo sea. No importa. Él ni siquiera se da cuenta de ello porque su realidad es absurda e imaginada y los objetos y las personas que le rodean solo sirven para querer y para soñar. Y así, desapegado del barro es capaz de atravesar cualquier frontera, de bordear el límite y de poner, con su espontaneidad, una flor en la boca del miedo, «el miedo a cagarla». Sabe que solo traspasando esa línea del horizonte podrá encontrar la emoción y el juego. Y que al correr la cortina azul surgirá un nuevo «pais de las maravillas», una nueva inspiración, un gesto imprevisto, una ocurrencia que por estúpida será genial.Y después de cada puerta vendrá otra y luego otra y detrás de esta otra más. Y en cada nueva habitación, como Alicia en su cuento, ira encontrando cubos de basura, cajas de cartones apiladas, latas de sardinas oxidadas, un fregona olvidada con su palo de madera amarillo o un cadaver que resucita para decirle a su mujer que la perdona por haberle matado y que sólo quiere pedirle que lleve sus cenizas al lugar donde se enamoraron. Así siempre. A cada momento una nueva locura, un desvarío. A cada instante una genialidad inesperada, una pequeña obra de arte sacada de la manga, del absurdo, de la grasa de la vida que alimenta la felicidad.
Y al amanecer, que es el final de todo o el principio de nada, bajará las escaleras de madera de un puticlub o dejará caer la puerta que entierra la música del último afterhours abierto. Se despedirá de alguien, de Gina quizás, ¡qué más da si al final todo lo que le pasa es inventado! Encenderá un cigarrillo, entrará en un kebah, atravesará el humo que sale por la puerta y comprará algo para desayunar. Con la luz del alba pintando su rostro noqueado por el sueño y el alcohol, sentado en un bordillo tocando la guitarra, detendrá anhelante el primer taxi que vea pasar, para que lo lleve, desde sus sueños, de vuelta a casa, a la cama a dormir. Y en ese momento, seguramente quizás, todo parecerá menos grave.
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