Sobre Locos y Cuerdos II

La soledad es una enfermedad que viaja pegada a la piel
    Ramiro es arqueólogo, un ejemplo de alguien podrido por la razón. Tiene Ramiro esa necesidad, que es a la vez necedad, de querer encontrar siempre la exactitud de las cosas. La suya es una vida atada al tiempo y a los datos. Decía que Sobrepeña era celta y que la Devesa también y que ambas estaban en el límite de los pueblos celtas, ¡Y yo qué se quiénes eran los celtas! Parece ser que lo que les caracterizaba era su manía de incinerar los cadáveres. Ramiro siempre se consideró arqueólogo. De pequeño le gustaba escarbar en la tierra y entretenerse con las piedras lo cual fue evidencia irrefutable de esta temprana vocación. Alguna vez descubrió alguna calavera pero su abuelo le recriminaba ese tipo inquietudes tontas, el andar siempre detrás de los pedruscos. Y Ramiro habla del megalítico y yo me impaciento. ¡Pero yo qué coño sé qué es eso del megalítico! ¡Ande, váyase usted a la mierda!, pienso para mis adentros. Allí en su corral nos enseña una piedra que dice que es una efigie de mujer y otra que aparenta ser una trucha con su ojo y su color asalmonado y todo. «La arqueología es algo así como pasear por el campo y ver cosas que los demás no saben ver», nos dice. Y apuntilla además: «Yo es que soy franquista ¿sabes? Y tengo varias carreras» Ahí esta Ramiro con su rostro arrugado, su sombrero de explorador y sus gafas también megalíticas. Cuando era niño, “El Pobre de Sobrepeña” – que resulta ser mi bisabuelo- le tiraba piedras porque dejaba el ganado suelto y se le metía en sus tierras. «El Pobre de Sobrepeña» también debió ser otro tarado como Ramiro – a pesar de haber sido mi bisabuelo-.
    El verano de 1967 en San Francisco fue el verano del amor. «That was the Summer of love. You understand man?»
    Scroll al inicio