Tumbado sobre la cama con las ventanas abiertas. Son los últimos momentos del día. En la calle resuenan ruídos de pasos, de palabras en idiomas lejanos, chirridos de coches que resbalan veloces por la calle hacia abajo. El runruneo de un motor se ha detenido debajo de la ventana. Un portazo, una despedida y el coche reinicia la marcha furibundo. La mañana en la multinacional fue una vez más una pantomima. Hacer por hacer. Eludir la certeza de que el tiempo pasa y la vida nunca devuelve cobardías. Rellené la hoja con mis vacaciones. Demasiado verano por delante en Madrid: rugoso, sofocante y sahariano.