“…Fue entonces cuando tuve la oportunidad de conocer pequeños detalles y anécdotas de la vida de Amador. Algunos vuelven en estos momentos a mi memoria nítidamente mientras le escribo esta carta, como por ejemplo el nombre del pequeño pueblo del que él procedía, y en el cual, su hermano, pasó aquellos años de niñez y mocedad. Su nombre, Sobrepeña, se me quedó grabado en la cabeza, quizás, debido a su sonora sencillez o, probablemente, porque al pronunciarlo tenía una misteriosa capacidad de sugerir y evocar. Sobrepeña, el lugar que se encarama por encima de la peña, la atalaya majestuosa desde la cual se puede contemplar el mundo sin final.
Porque aunque pobre, Sobrepeña, era un Reino único, con su propia geografía y su propio territorio, su iglesia y su escuela, su campanario y su cementerio, sus crestas y sus valles, sus colladas y sus caminos, sus fuentes y sus regueros, sus prados y sus vegas, sus huertos, sus pozos, sus lindes y sus árboles debajo de cuyas sombras le gustaba a Amador recostarse en las tardes sofocantes del estío. Todos únicos; cada uno de ellos irrepetible. Con su propio nombre y su alma propia que los diferenciaba de los demás, de todos los que, como ellos, habitaban otros Reinos, otros mundos.
Un Reino colmado de gentes, cada cual singular, con su propia figura y su propio ser, con su propia historia, que es a su vez un mosaico de historias que se suceden día a día, que se juntan y se entrecruzan con las historias de los demás, historias que se cuentan y se inventan al salir de misa o al calor de la lumbre, historias que se recrean al albur de la fresca a la caída de la tarde y que tejen, todas ellas al unísono, una historia común que se escribe en el viento, donde quedaron también escritas las historias de todos los antepasados, y que, de cuando en cuando, convertidas ya en memoria o en desmemoria, alguien, quizá ya mayor, decide rescatar de las profundidades del tiempo para de nuevo volverlas a escribir con tinta transparente en la memoria quebradiza de los que le escuchan …”
Extraido de la carta de Hakon Haugaard a Adamina Rodríguez, Buenos Aires, 13-02-1969