Del derrumbe y del colapso. Poco a poco pero con paso decidido se fue consumando el dolor. Los libros, las cartas, las fotografías…todo fue pasto de las llamas. La gente no quería mirar. Ponía las manos sobre la cara y se tapaba los ojos para no ver que, a su alrededor, todo estaba ardiendo. Primero fueron desalojados de su casa, de su trabajo, de sus colegios, y después les robaron su dignidad. La danza expresaba ese dolor. El bailarín movía su cuerpo, removía los brazos, encogía las piernas, estallaba en aspavientos, y se revolcaba por el suelo negándose a que le aplastaran. Vomitar, eso es lo que hubiera querido hacer. Vomitar sobre el vacío, la ira y la desesperación. Vomitar contra todos esos que vomitan mentiras y palabras rebeldes: sumisión y resignación. ¡Ojalá hubieran muerto! ¡Ojala mis recuerdos fueran campos de cementerios donde yacen todos los que, sin vida, nos devolvieron a la barbarie! ¡Ojalá los bárbaros estuvieran enterrados bajo el dinero y la ambición! Salí huyendo sin camino. Buscaba desaparecer. Nada más. Estaba herido. Heridas profundas de cristo lapidado. No escuché. No hablé. Sólo la música me curaba el escozor palpitante de las llagas. La música, la soledad y el silencio.