Playa de Bastiagueiros

Playa de Bastiagueiros. El nombre sale de la boca como una huida. Desde allí se divisa el puerto de La Coruña. Es festivo. No hay mucha gente. Después de dos días de lluvia parece que las nubes quisieran rendirse. Circulan alrededor del sol como aquellos danzantes rojos imaginados por Henri Matisse. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvimos al lado del mar. Los olores de algas y salitre me abruman. Veo a la gente recorrer con paso airoso la longitud de la orilla, solos o en compañía. Yo también camino de un lado a otro y me abstraigo mirando el vaivén de la marea. Ésta deja, en su ir y venir, un azar de piedras, algas y restos de conchas desparramadas por la arena. Me agacho para examinarlas, para investigar sus reflejos y su textura e imagino acuarelas hermosas hechas de colores aguados y fragmentos desgarrados de caparazón tronchados por las olas en ese batir infinito contra las rocas. M. toma el sol devotamente intentando atrapar todos los iones y fotones que regala la luz a esa hora pagana del atardecer. No hay imagen más misteriosa que un contraluz al lado de la orilla del mar cuando los cuerpos se apagan por dentro y alrededor solo queda el rescoldo humeante de su silueta. El agua, en su labor de ir y venir arañando la tierra, me devuelve espejos plateados de luz que empañan la vista…cegándola.
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