Caminamos por La Coruña con el paraguas rojo carmín abierto. Con la lluvia el cielo se torna morado y las piedras del suelo de las calles, duras y eternas, forman una pátina acharolada que devuelve los reflejos ondulantes de las fachadas y los pasos de los caminantes, pintados en plata y óxido ferroso al estilo de Monet. Esa piedra gallega es eterna. Da igual donde la pongas o donde la encuentres. Puedes ser artista y esculpir con ella el tímpano de la fachada de una iglesia románica. Siempre permanecerá indeleble y ajena al miedo. Puedes ser cantero y tallar, a golpe de cincel, el frontispicio de un palacio neoclásico. Te irás y esa piedra no morirá. Se mojará y se oscurecerá eternamente contemplando impasible la llegada de nuevos cargueros al puerto, el giro circular de las grúas y el desembarco de marinos cobrizos llegados de lugares lejanos. Permanecerán incluso cuando la memoria se haya apagado y nombres como los de Maria Pita, Emilo Castelao o Luis Seone ya no sepan pronuciarse porque han sido roídos por la amnesia.
La Coruña se convirtió en la imaginación de Emilia Pardo Bazán en Marineda. Un lugar perdido entre la realidad y la imaginación con aromas de humo y de hojas de tabaco. Visitamos su casa, hoy sede de la Academia de las Letras Gallegas. Esa señorona de aspecto grueso y saber enciclopédico caminó por los mundos de la novela, la poesía, el teatro y el periodismo a la par que otros naturalistas como Zola, Victor Hugo, Galdós y Alas Clarín y se convirtió en abanderada de la igualdad de las mujeres en aquellos años de cambio de siglo cuando las teorías krausistas en la educación pilotadas por Giner de los Rios intentaban abrirse paso en un país que olía a miseria, a pólvora y a sacristía.
La Calle Real es la que conduce después nuestros pasos, la que llena nuestra mirada de sorpresas estéticas. Entramos en la tienda de Sargadelos y admiramos esa cerámica de azules y blancos intensos, que es clásica y vanguardista a la vez, una mezcla de imagineria celta y ensoñaciones cubistas y de art decó. Nos detemos a comer en la Petite Bretagne un un pequeño bistrot donde, por un precio muy asequible, nos sirven un pastel de berenjena, un crêpe relleno de pollo, arroz y bechamel y un trozo de tarta de piña con nata. El lugar reune a turistas y a gentes del lugar entre cristales, espejos y muebles de época de madera oscura. Hay rostros bellos de mujer en las mesas de alrededor. Son sucesoras de aquellas obreras que laboraban en la antigua fábrica de tabacos que la escritora describió en sus novelas. Y hay algo más: un convento y un cruceiro en la plaza de Santa Bárbara, un jardín, el de San Carlos, con una urna funeraria en honor al general escocés Sir John Moore, enredaderas con flores violetas junto a la Capitania General y una librería de viejo en la calle Amargura llena de estanterías de libros combadas por el peso del tiempo.