Nada debería mudar

Les hubiera sacado una foto. Cruzaban la Avenida de España y se habían detenido en la medianera. Ella le sonreía con rostro sincero, sin pudor, sin compromiso. Se colgaba de su hombro y le requería para que la escuchase, para que la mirase, para que la besase. Le regañaba con cariño liviano. Él caminaba orgulloso, consciente de que todo estaba bien. Apurarían ese tiempo regalado antes de la clase de ballet. Llegarían hasta la puerta de la escuela y, al despedirla, pensaría que quizás una hora a solas, sin ella, era demasiado tiempo. Nada debería mudar. Pero el ruido de los bárbaros se agazapa solitario detrás de la esquina para desgarrarlos.
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