Retorno

La carretera se precipitaba como un río de asfalto. Dejábamos la montaña, las vacaciones de verano habían terminado.
A aquella hora temprana de la mañana, apenas circulaba nadie por ella. Los primeros rayos del sol acariciaban nuestros rostros entristecidos. Descendíamos apresurados por el valle acompañados del río Esla – esa bestia mítica y sometida – y al avanzar, el paisaje se abría, se aplanaba, y la piedra de las casas se convertía en adobe y tapial. Detrás quedaban las enormes montañas, su perfil anguloso, su abraxo maternal.
Como una paqueña chalupa empujada por la corriente, salimos disparados hacia un océano de tierras de labor. Era aquel, un enorme patchwork, en el que los tonos marrones de los barbechos alternaban con el color abrasado de los segados. Al mirar a un lado surgía una encina solitaria y ensimismada; al volver la cabeza al otro, una caballería de chopos espigados galopaba al trote dejando detrás de sí una polvareda imaginaria. Bandadas de grajos negros revoloteaban al unísono bajo un cielo de tormenta. Los castilletes de las líneas de alta tensión se alejaban comprimiéndose hacia el horizonte. La desnudez de aquel paisaje me hacía tiritar; su belleza existencial resultaba inabarcable.
Cayeron las primeras gotas sobre el cristal. El deseo se había evaporado. Casi instintivamente activaste el limpiaparabrisas y estos emperaron a balancearse de un lado hacia el otro haciendo un ruido estridente. Llevabas tu mirada cristalina clavada en el porvenir mientras yo remoloneaba perezoso en las sábanas de la melancolía. Una enorme tromba de agua se derramó sobre nosostros; buceamos en ella, pero no duró, nada dura. Rayos de sol intensos y anarajados rasgaron las nubes y se derramaron momentáneamente sobre nosotros y sobre el paisaje. Cuando desaparecieron todo volvió a achatarse, a hacerse más pequeño. El cielo y la tierra se abrazaron y apenas quedó espacio para respirar y sobrevivir. Aparecieron las viñas y alrededor de ellas las toscas portezuelas de las bodegas labradas en la tierra a golpe de cincel. Pronto llegaría la vendimia y allí, en su vientre preñado se almacenaría, en enormes barriles de madera, el oro rojo que unta los pies de los vendimiadores. La naturaleza descansará. Pronto llegará el tiempo de recogerse.
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