Alli donde las flores se marchitan
Y los sueños se oscurecen.
Allí donde el tiempo se desangra lleno de heridas,
Donde los ojos se empañan y se cubren de nieblas.
Allí donde la belleza se desenmascara…
Oigo murmullos alrededor, murmullos de despedida.
Recuerdo aquellas mañanas tibias de primavera,
Aquellos primeros rayos de luz colándose por las grietas de los postigos,
Penumbra y claroscuros, volúmenes monstruosos, irreconocibles,
Diseminados por la habitación.
Y los sueños se oscurecen.
Allí donde el tiempo se desangra lleno de heridas,
Donde los ojos se empañan y se cubren de nieblas.
Allí donde la belleza se desenmascara…
Oigo murmullos alrededor, murmullos de despedida.
Aquellos primeros rayos de luz colándose por las grietas de los postigos,
Penumbra y claroscuros, volúmenes monstruosos, irreconocibles,
Diseminados por la habitación.
!Qué delicia abrir las ventanas y saludar al nuevo día¡
Observar las nubes lejanas desplegarse en infinitos dibujos sobre mi cabeza,
Perseguir con la mirada el humo de la cocina suspendido en el aire
Mientras se desparramaba entre la calina antes de desaparecer.
El zumbido de los insectos, su febril actividad,
Me sumergía en un embeleso casi mágico.
!Cuánta vida y cuánto amor a mi alrededor¡
Recuerdo…sí, recuerdo los campos de amapolas
Y la hierba salpicada de rocio.
Me gustaba tanto atraversarlos corriendo,
Dejar los cabellos mecerse libremente, enredarse con el viento,
Deprisa, muy deprisa, hasta perder el equilibrio,
Hasta tropezar y caer.
Y dar vueltas sobre mi misma, sentir la humedad de la tierra,
– aquella frialdad maternal – sobre mis mejillas,
Aspirar su perfume fértil, dulce y lascivo,
Mientras el corazón enloquecía y la sangre se agolpaba en mi cabeza.
!Irresponsabilidad de ser feliz, incosciencia de estar viva¡
Por las tardes cuando el sol se convulsionaba,
!Qué delicia chapuzarse en el río¡
Contemplar nuestros cuerpos adolescentes llenarse de luz,
Cubrirse de gotas irisadas. Juegos y risas.
Me salpicabas ¿recuerdas?… y yo huía.
Me perseguías ¿recuerdas? y yo me dejaba atrapar.
Cuantos tus brazos me rodeaban, mis pechos se estremecían.
Alegría de aquellos besos adolescentes, entrecortados.
Alegría de tocar tu cuerpo perfecto,
De sentir sus perfiles y tensiones.
Yo era joven y la vida era infinita y mi cuerpo me pertenecía.
!Locura de amar, ardor de ser deseada¡
Y la noche, misteriosa y contradictoria,
Herida de luna, salpicada de estrellas,
Cómplice de mi intimidad y de mi adicción por la belleza,
Me envolvía suavemente.
Sentada junto a la ventana, con mi viejo libro de poemas en el regazo, leía:
“Caigo sobre las espinas de la vida y sangro…”
Shelley y un ramo de rosas. Sus versos me acunaban
Antes de entregarme en las manos aterciopeladas del sueño,
En su espiral plácida e insondable.
De la oscuridad profunda, emergían las notas desgarradas del chelo de papa,
Su amargura me recordaba tan solo por un instante la muerte.
La muerte… lejana, imaginaria, personaje grotesco de duelos y tragedias,
¿Pero es qué existía de verdad?
Observar las nubes lejanas desplegarse en infinitos dibujos sobre mi cabeza,
Perseguir con la mirada el humo de la cocina suspendido en el aire
Mientras se desparramaba entre la calina antes de desaparecer.
El zumbido de los insectos, su febril actividad,
Me sumergía en un embeleso casi mágico.
!Cuánta vida y cuánto amor a mi alrededor¡
Y la hierba salpicada de rocio.
Me gustaba tanto atraversarlos corriendo,
Dejar los cabellos mecerse libremente, enredarse con el viento,
Deprisa, muy deprisa, hasta perder el equilibrio,
Hasta tropezar y caer.
Y dar vueltas sobre mi misma, sentir la humedad de la tierra,
– aquella frialdad maternal – sobre mis mejillas,
Aspirar su perfume fértil, dulce y lascivo,
Mientras el corazón enloquecía y la sangre se agolpaba en mi cabeza.
!Irresponsabilidad de ser feliz, incosciencia de estar viva¡
!Qué delicia chapuzarse en el río¡
Contemplar nuestros cuerpos adolescentes llenarse de luz,
Cubrirse de gotas irisadas. Juegos y risas.
Me salpicabas ¿recuerdas?… y yo huía.
Me perseguías ¿recuerdas? y yo me dejaba atrapar.
Cuantos tus brazos me rodeaban, mis pechos se estremecían.
Alegría de aquellos besos adolescentes, entrecortados.
Alegría de tocar tu cuerpo perfecto,
De sentir sus perfiles y tensiones.
Yo era joven y la vida era infinita y mi cuerpo me pertenecía.
!Locura de amar, ardor de ser deseada¡
Herida de luna, salpicada de estrellas,
Cómplice de mi intimidad y de mi adicción por la belleza,
Me envolvía suavemente.
Sentada junto a la ventana, con mi viejo libro de poemas en el regazo, leía:
“Caigo sobre las espinas de la vida y sangro…”
Shelley y un ramo de rosas. Sus versos me acunaban
Antes de entregarme en las manos aterciopeladas del sueño,
En su espiral plácida e insondable.
De la oscuridad profunda, emergían las notas desgarradas del chelo de papa,
Su amargura me recordaba tan solo por un instante la muerte.
La muerte… lejana, imaginaria, personaje grotesco de duelos y tragedias,
¿Pero es qué existía de verdad?
Porque el tiempo se ha olvidado de mí.
La soledad siempre es infinita, tan inmensa
Como la noche, como el silencio.
En mi mente apenas permanece ya algún atisbo de fe.
Creí en mi juventud, en su indomable belleza,
Creí en su inmortalidad y me arrodillé delante de ella.
Ahora aquel perfume se ha secado y mi dios,
Mi único dios se ha muerto.
A mi alrededor oigo murmullos, murmullos de despedida.