A Mercedes
Aquella luna que flotaba en el infinito sobre nuestras cabezas, me hacia llorar.
Lloraba como el amante que no alcanza a poseer el objeto que ama.
Y lloraba porque dentro de mí, sentía su atracción metálica,
Su violencia de lava incandescente, su sensualidad y su verbo.
Lloraba como el amante que no alcanza a poseer el objeto que ama.
Y lloraba porque dentro de mí, sentía su atracción metálica,
Su violencia de lava incandescente, su sensualidad y su verbo.
Lloraba porque quería entregarme a ella, fundirme como acero frío
Confundirme entre sus flujos carnales.
Y era tan fuerte aquella atracción
Que la distancia que se nos interponía me ahogaba como mares de indiferencia,
Como segundos de separación.
Confundirme entre sus flujos carnales.
Y era tan fuerte aquella atracción
Que la distancia que se nos interponía me ahogaba como mares de indiferencia,
Como segundos de separación.
Y mis manos y mis labios imperfectos se encendían,
Como pequeñas luciérnagas apasionadas recorriendo la noche,
Regalando su pasión hasta agotarla,
Hasta convertirse en cenizas exangües y humeantes
Que delataran impúdicamente los primeros rayos de la mañana.
Pero yo sé que la luna también lloraba
Lloraba porque tenía nostalgia del sol y del mar
Lloraba porque sentía nostalgia de ti y de mi
Y de los cuerpos que se aman,
Absortos y entregados, recorridos de besos, cubiertos de espumas.
Lloraba porque anhelaba caricias y miradas
Y aquel fuego anaranjado que irradiaba
No era más que el recuerdo de pasiones ocultas, ancestrales, casi míticas.