Reina de la Chatarra

Eras la reina de la chatarra. Apareciste extraviada en el punto más alejado de la civilización, en aquel lugar en el que ésta se convierte en un cementerio de coches desguazados. Allí cambiabas placer por dinero. Botas altas, falda corta y la mirada clavada en la nada, en aquel cielo de latón que parecía desangrarse encima de los edificios, los centros comerciales, las torres de alta tensión y las autovías.
Llovería y llovería y tú seguirías allí reinando, como una esfinge lejana, alejada de tus recuerdos que – hacía ya algún tiempo- habías decidido enterrar. Impasible y distante, ajena a los piropos que, como escupitajos, te lanzaban los que, al pasar a tu lado, se morían de deseo.
¿Follas? Alguien vendrá y se detendrá. Algún camionero, o quizás un ejecutivo con la corbata ya aflojada después de un día de golpes y dentelladas. Sus cuerpos sudorosos se aplastarán contra el tuyo, su aliento amargo se condensará en tu oído, sus manos ennegrecidas y grasientas te re-correrán, acariciarán tu cuerpo –antes bello, ahora ya desgastado-, aprisionándolo y golpeándolo.
El macho jadeará y te cabalgará furibundo antes de derramarse.
Y al abandonarte en el próximo cruce o al lado de una cuneta te recompondrás de nuevo el pelo, estirarás la ropa y te pintarás los labios de carmín para volver, de nuevo, a reinar sobre aquel montón de chatarra.

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